
La historia de México está salpicada de figuras complejas y periodos de profunda transformación. Entre ellos, destacan dos hombres que, en diferentes momentos, buscaron instaurar un imperio en tierras mexicanas: Agustín de Iturbide, el primer emperador, y Maximiliano de Habsburgo, el segundo. Ambos compartieron un destino trágico, pero lo que muchos desconocen es el sorprendente y estratégico vínculo que los unió a través de sus descendientes. La relación entre Maximiliano de Habsburgo y Agustín de Iturbide es una fascinante trama de poder, legitimidad y la búsqueda de una línea de sucesión para un país en constante ebullición.

Maximiliano de Habsburgo: un archiduque en el trono imperial
Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria, llegó a México en 1864, aceptando la invitación de monarquistas conservadores que, con el apoyo de Napoleón III de Francia, buscaban establecer un segundo imperio. Su vida estuvo llena de contradicciones: un noble europeo con ideales liberales que intentó gobernar bajo un régimen impuesto, enfrentándose a la férrea oposición republicana de Benito Juárez y a las tensiones con los mismos conservadores que lo llevaron al poder. Su efímero reinado, de 1864 a 1867, culminó con su captura y fusilamiento en Querétaro, poniendo fin a un capítulo controvertido de la historia nacional.
A pesar de sus orígenes y la forma en que llegó al trono, Maximiliano mostró una fascinación genuina por la cultura mexicana. Se interesó en mejorar las condiciones de vida de los pueblos indígenas, dictó decretos para abolir el castigo corporal y restringir las horas de trabajo, e incluso aprendió náhuatl para comunicarse con la población. Este “liberalismo” le valió el rechazo de los conservadores y el clero, quienes esperaban un emperador que defendiera sus privilegios.

Agustín de Iturbide: el primer imperio y un destino fatal
Antes de Maximiliano, México ya había experimentado un breve periodo monárquico con Agustín de Iturbide, un destacado militar que lideró el Ejército Trigarante y consumó la Independencia en 1821. Iturbide fue proclamado emperador en 1822, dando origen al Primer Imperio Mexicano. Sin embargo, su gobierno fue efímero y estuvo marcado por la inestabilidad. Un año después, en 1823, abdicó y partió al exilio. Al regresar a México en 1824, con la intención de ayudar al país, fue declarado traidor a la patria y fusilado, dejando un legado controvertido en la historiografía oficial.
La adopción estratégica: uniendo linajes imperiales
La conexión entre Maximiliano de Habsburgo y Agustín de Iturbide se materializó en un movimiento estratégico por parte del archiduque. Al no tener hijos con su esposa Carlota, Maximiliano buscó asegurar una línea de sucesión y, al mismo tiempo, legitimar su imperio conectándolo con la historia de la independencia y el Primer Imperio Mexicano. Para ello, decidió adoptar a dos descendientes de Agustín de Iturbide:
- Agustín de Iturbide y Green: Nieto del primer emperador, nacido en 1863. Tras la adopción, se convirtió en el Príncipe de Iturbide. Su madre, Alice Green (estadounidense), inicialmente se opuso a la negociación, exigiendo a su hijo de vuelta cuando el imperio de Maximiliano comenzó a tambalearse. Finalmente, Agustín fue devuelto a su madre en 1866.
- Salvador de Iturbide y Marzán: Sobrino nieto de Agustín de Iturbide, nacido en 1849. También recibió el título de Príncipe y fue enviado a Europa para su educación, donde permanecería el resto de su vida, heredando el título nobiliario de Maximiliano en Europa tras su fusilamiento.
La familia Iturbide, a cambio de una compensación de 150 mil pesos, cedió los derechos de los jóvenes príncipes, aunque con la condición de no poder entrar a México sin autorización imperial. Esta adopción, aunque cargada de simbolismo, no logró salvar el Segundo Imperio ni asegurar la ansiada legitimidad popular para Maximiliano.

El legado de los habsburgo-iturbide: una memoria viva en el extranjero
El destino de los “príncipes” fue tan complejo como el de sus ancestros. Agustín de Iturbide y Green, tras la caída del imperio, sirvió en el ejército mexicano durante el Porfiriato, pero fue expulsado y se exilió en Estados Unidos, donde se dedicó a la docencia y murió sin descendencia. Salvador de Iturbide y Marzán, por su parte, permaneció en Europa, donde formó una familia. Su descendencia, bajo el linaje de los von Götzen-Iturbide, aún vive en el extranjero, manteniendo viva la memoria de la unión de estas dos casas históricas. Aunque en México no existe monarquía ni títulos nobiliarios, Maximiliano von Götzen-Iturbide, el actual heredero, fue recibido en 2011 por el papa Benedicto XVI en el Vaticano como “legítimo heredero al trono de México”.
Ambos emperadores, Maximiliano de Habsburgo y Agustín de Iturbide, son figuras que la historia oficial mexicana ha solido señalar como “traidores a la patria. Sin embargo, sus descendientes han expresado en repetidas ocasiones su deseo de limpiar la imagen de sus antecesores, argumentando que no merecen ser recordados de esa manera. Sus historias, entrelazadas por la adopción y la ambición imperial, nos recuerdan la rica y a menudo tumultuosa complejidad de la construcción de la identidad nacional mexicana. Puedes encontrar más detalles en artículos de Excélsior e Infobae México.


















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