Una carta desde el ombligo del país, escrita en una ciudad que se está llenando sin aprender a quererse. Querétaro no tiene la culpa
¿Cuántas veces no hemos escuchado el clásico “en Querétaro no hay nada”?
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Querétaro no tiene la culpa
O visto el meme que dice que el platillo típico de Querétaro es una Little Caesars. Y bueno, sin ponerme tan solemne, todos sabemos que la fórmula de la comedia es tragedia más tiempo. Así que si despejamos ese meme, en su ADN encontraremos una tragedia: la falta de identidad.
Por eso hoy quiero intentar descifrar por qué todos aman a Querétaro… menos los queretanos. Todos quieren con Querétaro. No es casualidad que cada día lleguen más de 120 personas a vivir aquí.
Siempre ha sido tierra de migrantes. Desde la época prehispánica, los climas privilegiados de la Sierra Gorda atrajeron a pueblos nómadas que se asentaron buscando vida. Al sur, en lo que hoy es la capital, los primeros pobladores llegaron alrededor del 500 a.C. Vinieron por las tierras fértiles, por la agricultura y el comercio.
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Durante el Virreinato, Querétaro creció por su posición estratégica: paso obligado entre la capital del imperio y las minas de Zacatecas. En 1847, durante la invasión estadounidense, la ciudad volvió a cobrar importancia, y veinte años después atrajo incluso a un emperador europeo. Más tarde, las fábricas textiles del Porfiriato llamaron a obreros de todo el país.
Y cuando terminó la Revolución, Querétaro volvió a ser protagonista: aquí se firmó la Constitución. La industrialización de los años 40, impulsada por la Segunda Guerra Mundial y el gobierno de Ávila Camacho, volvió a atraer a miles.
Y así, durante décadas, Querétaro supo crecer sin perderse. Una ciudad con historia, cultura y personajes que dejaron su nombre grabado en piedra, moldeando a su modo el carácter queretano.

Hasta que llegó el 19 de septiembre de 1985.
Aquel terremoto que sacudió a la Ciudad de México también movió el destino de Querétaro. En 1985 éramos unos 360 mil habitantes. Para 1990 ya pasábamos del millón.
Un aumento de casi 200% en apenas cinco años. Traducido a lo cotidiano: solo uno de cada tres habitantes conocía la historia y las tradiciones del lugar al que había llegado.
Y esa fractura cultural fue silenciosa, pero profunda. Las costumbres no desaparecieron; simplemente no hubo tiempo de transmitirlas. El crecimiento fue tan rápido que no alcanzamos a contarnos quiénes éramos antes de volvernos tantos. Luego vino otro sismo, el de 2017, y con él otra ola de migración desde la capital. La historia se repitió, con sus luces y sus sombras.
Querétaro no perdió sus tradiciones: perdió la oportunidad de compartirlas. Y ahí estamos, entre el orgullo y el fastidio, entre la añoranza y el “en Querétaro no hay nada”. Pero sí hay. Hay historia, hay símbolos, hay comunidad —aunque esté dispersa—. Solo falta que nos miremos con menos desdén y más curiosidad.
Tú, señora de Jurica que aún se emociona por salir en el Heraldo Navideño, tú puedes cambiar eso. Y también tú, que llegaste hace poco y ya sientes este lugar como tuyo.
La llave final es simple: abrazarnos como hermanos que comparten la misma tierra. Hoy atravesamos otro punto de quiebre. La inseguridad del país está empujando a miles a dejar sus hogares, y Querétaro vuelve a ser refugio. No es un desastre natural, pero sí una oportunidad.
Si logramos compartir nuestras costumbres, si los que llegan aprenden y los que estaban dejan de despreciar, quizá logremos lo que muchos no: que quien viva aquí, por elección o por destino, pueda decirlo con orgullo: “Queretano soy, señores.”
Por Michel Arias, cronista digital de una ciudad que se redescubre todos los días.
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