¿Qué significa el aumento de la inflación en Estados Unidos?

Por qué la inflación en estados Unidos es tan importante para el resto del mundo a dos años del inicio de la pandemia

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Antecedentes históricos

Para entender el significado del encabezado que apareció en el US News and World Report, es necesario remontarse al Acuerdo de Bretton Woods. En 1944, al final de la Segunda Guerra Mundial, 44 naciones aliadas prometieron que sus bancos centrales mantendrían tipos de cambio fijos entre sus monedas y el dólar. Este fue el resultado del Acuerdo de Bretton Woods, que  entró en vigor en 1958. El acuerdo estipulaba que Estados Unidos mantuviera fijo el precio del oro a $35 la onza. Tenía también la responsabilidad de ajustar la oferta de dólares para mantener la confianza en la futura convertibilidad del metal precioso. El sistema parecía seguro porque, como el principal suplente de armamentos y material de guerra de las Potencias Aliadas durante la guerra, Estados Unidos terminó apoderándose de aproximadamente tres cuartas partes del suministro de oro en el mundo.

Pero a medida que las economías de Europa y Japón se repusieron con maquinaria más avanzada, sus exportaciones se volvieron más competitivas con las exportaciones estadounidenses. La contribución de Estados Unidos al total de la producción mundial disminuyó, al igual que la demanda mundial de dólares. El resultado fue que se hacía cada vez más deseable intercambiar dólares por oro. El deterioro de la balanza de pagos de Estados Unidos y el aumento incesante de los gastos militares dieron como resultado una gran oferta de dólares en todo el mundo, mientras que el suministro de oro sólo había aumentado de forma marginal. Eventualmente llegó a haber más dólares fuera de Estados Unidos que el oro almacenado en Fort Knox. El peligro entonces era que, si los inversionistas perdían la confianza que habían depositado en el dólar como moneda convertible, pudiera darse un aumento repentino y masivo en la demanda mundial del oro. Inversionistas y bancos centrales en todo el mundo empezaron a perder confianza en la capacidad del gobierno de Estados Unidos de cumplir cabalmente con sus obligaciones financieras, amenazando tanto la posición del dólar como moneda de reserva como el sistema general establecido en Bretton Woods.

Según los economistas de la época, la inflación y el desempleo no podían ocurrir al mismo tiempo. Pero al final de la recesión de 1969-70 en Estados Unidos, la tasa de desempleo había subido al 6 por ciento y la inflación, medida por el Índice de Precios al Consumidor, había alcanzado el 5,4 por ciento.

Por esta razón, el presidente Richard Nixon puso fin a la convertibilidad directa del dólar al oro en 1971 y promulgó controles de salarios y precios en Estados Unido—para bregar así con el problema interno de la inflación internacional y un aumento repentino en la demanda mundial del oro. Esta política económica marcó el fin del sistema monetario internacional establecido en Bretton Woods y detuvo temporalmente la inflación. Poco tiempo después, el sistema monetario global se convirtió en un sistema de fíat, o sea basado en la confianza pública. El dinero fiduciario es una moneda emitida por un gobierno que no está respaldada por una mercancía dada, como el oro. El dinero fiduciario les da a los bancos centrales más control sobre la economía porque pueden controlar cuánto dinero ponen en circulación. Hoy en día, las monedas mundiales son monedas fiduciarias, y desde entonces, el dólar ha estado respaldado por la “estabilidad y la fortaleza de la economía estadounidense”.

La inflación en Estados Unidos no es como la inflación en otros países

Esta palanca financiera le confiere a Estados Unidos una ventaja descomunal en la economía mundial. Se calcula que, de forma conservadora, una quinta parte del nivel de vida en Estados Unidos de debe a la posición del dólar como moneda universal de intercambio. Cuando Estados Unidos se vio obligado a abandonar Vietnam en 1975, por ejemplo, comenzó a implementar una política monetaria que devaluó el dólar progresivamente, transfiriendo una buena parte de las deudas que había incurrido en esa guerra a los demás países del mundo que tenían sus reservas monetarias en dólares. El valor de esas reservas disminuía mientras Estados Unidos obtenía una ventaja comercial a nivel global.

Refrescando la memoria reciente

Imagínese usted que es la primavera del 2020. Empiezan a aparecer noticias del virus del Covid-19. La pandemia había ya emprendido su marcha por los países del mundo. Se empiezan a clausurar grandes partes de la economía mundial. Tanto la producción como la demanda están colapsando a niveles históricamente inusitados. El precio del petróleo cae de manera dramática[i] y los contratos para futuras entregas de petróleo (los llamados ‘futuros del petróleo’), comienzan a venderse a tasas negativas. La situación social en Estados Unidos es tensa y comienzan a verse reveses significativos en la economía. La agencia de evaluación de riesgos Verisk Maplecroft calcula que en el último año: “[Una] cuarta parte de los países del mundo experimentaron aumentos significativos en el malestar social”. La misma agencia predice que esto podría convertirse en “la nueva normalidad” de aquí en adelante. Bancos centrales y gobiernos por todo el mundo se dan muy bien cuenta de que si millones de trabajadores pierden sus empleos de un día para otro, esto desencadenaría fuertes disturbios sociales y podría llevar a un reto serio a la estabilidad del orden existente. Por eso decidieron apostar en su mayoría por los enormes “paquetes de rescate” que hemos visto, inyectando billones de dólares de deuda y dinero impreso adicional a la economía mundial.

En el transcurso de apenas dos meses la administración Trump inyecta más de $10 billones a la economía de Estados Unidos, y los bancos centrales de muchos otros países le siguen la corriente. Esa cantidad representa diez veces más que la cantidad canalizada a la economía en los dos años posteriores a la Gran Recesión entre el año 2008 y el 2010[ii]. Este dinero no solo terminó en las arcas del sector financiero, sino que una parte llegó también a los bolsillos de los consumidores. Esto fue financiado con más deuda y la impresión de más dinero. 

Los gobernadores de los bancos centrales y los estrategas de las economías occidentales sabían que, desde el punto de vista estrictamente económico, esta política era muy irresponsable. Cuando la oferta monetaria aumenta y la producción sigue estancada, el resultado es predecible: inflación e inestabilidad económica. Sin embargo, frente al riesgo de un aumento en la inestabilidad social y el miedo de poder perderlo todo de una vez, es muy preferible aplazar las decisiones económicas más importantes. Las consecuencias negativas de estos gigantes estímulos financieros tendrían que ser enfrentadas más tarde. 

Inicialmente el estímulo masivo tuvo el efecto deseado. La demanda aceleró de cero a cien en un instante, sobre todo en los países ricos. Mucha gente se puso a renovar sus casas y a comprar bicicletas, automóviles y computadoras. Pero los patrones de consumo habían cambiado. La demanda, que se medía en billones de dólares y euros, se desplazó de un sector a otro, en particular de los servicios (que quedaron inaccesibles debido a los confinamientos) a los bienes de consumo. Ciertas ramas de la economía cesaron su producción para contener la propagación del virus. Cuando esta ola de demanda “artificial” barrió el mercado, las largas cadenas mundiales de suministro rápido se desintegraron. Nació la crisis de los suministros.

Una red muy delicada

La crisis de los suministros es el resultado del colapso de una red de comercio mundial muy delicada. Durante décadas la “globalización” y la integración de China al mercado mundial ha avanzado, resultando en una compenetración económica mundial cada vez mayor. Las cadenas de suministro son cada vez más complejas y los costos de transporte siguen bajos, así que una mercancía puede producirse en un rincón del mundo, ensamblarse en otro, empacarse en un tercero, y venderse en otro más.

Parte de este proceso fue también el desarrollo de la llamada producción “justo a tiempo”, diseñada para reducir los inventarios, acelerar la rotación de capitales y aumentar la tasa de rendimiento anualizada. Este enfoque se ha extendido a toda la economía mundial. El problema está en que un pico repentino en la demanda desencadena un efecto dominó, con reverberaciones que pueden ser graves y duraderas. 

Este proceso es un factor que ha exacerbado la situación actual, causando bloqueos de suministro y la escasez de ciertos productos: estamos hablando de un proceso a escala mundial. La demanda no solo se alteró entre sectores y productos, sino que aumentó considerablemente por el dinero gratis que se distribuyó a través de enormes cantidades de dinero artificial. La anarquía normal que opera en la producción capitalista ha llegado a alturas sin precedente desde el inicio de la pandemia. Las grandes empresas no tienen la habilidad de calcular la futura demanda en base a los datos de años anteriores porque nadie sabe si los cambios en los patrones de consumo son permanentes.

Por el lado de la oferta, nadie sabe si las grandes empresas van a cerrar mañana debido a nuevos brotes de una variante nueva. Existe una incertidumbre extrema sobre si las materias primas, los componentes y los productos semiacabados llegarán mañana o en seis o doce meses. Reina el caos.

Además, en todos los niveles de las cadenas de suministro, las empresas están acumulando inventarios deliberadamente por temor a tener que detener la producción debido a la falta de componentes, como hemos visto en la industria automotriz. Esto agrava aún más la escasez en el sistema en su conjunto. No hay estadísticas sobre la escala del acaparamiento, pero no hay duda de que está ocurriendo a gran escala.

El FMI y el Banco Mundial

A principios de abril del 2021, el FMI y el Banco Mundial celebraron su segunda serie de reuniones desde el principio de la pandemia. A pesar de los horrores que enfrentaban millones de personas, el estado de ánimo de los banqueros era de celebración y optimismo. ¡La economía mundial se había puesto en marcha de nuevo, y más rápido de lo que esperaban!

Estaban seguros de que el crecimiento del PIB mundial per cápita sería solamente un 3% menor a fines del 2022 de lo que se había pronosticado antes de la pandemia. No les parecía mal considerando que en el 2020 la contracción se calculaba en un 6.5 por ciento y el déficit del año 2021 se calculaba en un 4 por ciento. Hicieron un brindis.

Pero el mismo informe del FMI y del Banco Mundial ocultaba el hecho de que la mayor parte de la “recuperación global” va a ocurrir en las naciones de altos ingresos en Europa y Norteamérica. Según las palabras de las “Perspectivas de la economía mundial”, el último informe del FMI:

“Es probable que las trayectorias de recuperación sean divergentes y causen brechas significativamente más amplias en los niveles de vida entre los países en desarrollo y otros, en comparación con las expectativas anteriores a la pandemia. Las pérdidas acumuladas del ingreso per cápita durante 2020-22, en comparación con las proyecciones anteriores a la pandemia, son equivalentes al 20 por ciento del PIB per cápita del 2019 en los mercados emergentes y las economías en desarrollo (excluyendo a China), mientras que en las economías avanzadas se espera que las pérdidas sean relativamente menores, de un 11 por ciento”.

Un sistema económico frágil

A medida que la sociedad entró en confinamiento debido a la pandemia, los gobiernos de muchos países optaron por intervenir a una escala sin precedentes en la economía—abiertamente como medida de emergencia. Solamente así podían evitar una posible depresión y la explosión social que la acompañaría.

Según cálculos del FMI se han inyectado 16 billones de dólares a la economía mundial con apoyos fiscales y estímulos gubernamentales. Otros 10 billones de dólares han sido inyectados en la economía por los bancos centrales en forma de aumentos al monto total del dinero en circulación y el financiamiento monetario, utilizando dinero recién impreso para financiar grandes préstamos públicos.

Sin embargo, para evitar el colapso, se han incurrido costos que se van a ver más tarde. Ahora el temor es que ocurra un “sobrecalentamiento” de las economías más avanzadas, y que sea necesario frenar una inflación descontrolada. “Un espectro atemoriza a los inversionistas”, comentaba hace unos meses Martin Wolf en el Financial Times: “el retorno de la inflación”.

Se está gestando una “tormenta perfecta” en la economía mundial. Se presentan, según dijera hace tiempo el ex secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Larry Summers, “condiciones financieras extraordinariamente laxas” y políticas fiscales expansivas durante el año pasado. Mientras tanto, debido a las restricciones de COVID, se ha ido acumulando una demanda reprimida porque muchos consumidores no han podido gastar y se han visto obligados a ahorrar. Según algunos cálculos, estos ahorros personales acumulados podrían ascender hasta el 10 por ciento del PIB en países como el Reino Unido (aunque distribuidos de manera muy desigual entre la población).

Ahora que los confinamientos se han relajado y la economía está saliendo de su estado de animación suspendida, estas dos fuentes de demanda adicional, de los estímulos gubernamentales y de los consumidores que han podido ahorrar dinero, están irrumpiendo en la economía al mismo tiempo.

Pero con la anarquía del mercado la producción no puede aumentar lo suficientemente rápido, creando cuellos de botella y escasez. De igual manera, a medida que la globalización entra en retroceso, las cadenas internacionales de suministro van a reajustarse. De hecho, debido a que la inversión en nuevos medios de producción (minas, fábricas, etc.) está a niveles históricamente muy bajos, la capacidad productiva no se mantendrá al día.

La realidad es que una explosión en la demanda está chocando frontalmente con restricciones de la oferta. Esta es una receta perfecta para la inflación, es decir, para un aumento generalizado de los precios. De hecho, dicha inflación ya está apareciendo en las cifras. En abril, por ejemplo, se registró una tasa de inflación anual del 4.2 por ciento en Estados Unidos, el nivel más alto observado desde la crisis del 2008, y un salto de un 2.6 por ciento del mes anterior.

En general, las empresas están reportando precios más altos: desde el acero hasta el transporte y los semiconductores.

Y a esto se suman las diversas burbujas de activos financieros que han quedado infladas gracias al diluvio de dinero barato: acciones, propiedades, criptomonedas, y otros medios usados para la especulación.

Hasta hace poco, muchos comentaristas y gestores de la política económica, incluso de la misma Reserva Federal de Estados Unidos, se habían mostrado indiferentes a las cifras de la inflación. Después de haber visto caer los precios el año pasado (incluso los precios negativos del petróleo por primera vez en la historia), dicen que es natural que los precios aumenten a medida que se reanude la actividad económica.

La FED, por lo tanto, tenía planeado seguir adelante, basándose en la suposición de que el aumento de los precios sería sólo transitorio conforme se fueran gastando los ahorros acumulados y las grandes empresas fueran recalibrando la producción.

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Agregando peso a su argumento, los partidarios de Biden destacaban el continuo déficit en las tasas de empleo en Estados Unidos en comparación con los niveles anteriores a la pandemia, una señal de que hay holgura en el sistema y, por lo tanto, no hay riesgo de inflación a largo plazo.

Además, señalan el hecho de que durante décadas la inflación se había mantenido moderada, incluso frente a tasas de interés de casi cero y un flujo constante de flexibilización cuantitativa (QE, la inyección de dinero fácil) desde la crisis del 2008.

De hecho, el propio Summers describió una vez la situación como una de “estancamiento persistente”, con “condiciones financieras extraordinariamente laxas” que se precisaban aunque las tasas de crecimiento fueran “míseras”.

Este escenario posterior al 2008 se debe a que, mientras los bancos centrales imprimían dinero, los bancos privados estaban creando menos, con una caída en la demanda de crédito en forma de préstamos, hipotecas, etc., tanto por las empresas como por los consumidores. Según los economistas siempre es mejor tener un poco de inflación y evitar a todo costo una espiral descendente de deflación y depresión. No hay buenas alternativas.

Después de todo, muchos países todavía están en confinamiento; gran parte de la demanda reprimida todavía está allí; y billones más van a ser inyectados a la economía mundial en forma de paquetes de estímulo y los gastos proyectados por la administración Biden. Estas inyecciones monetarias van a tener un valor total de alrededor del 18 por ciento del PIB de Estados Unidos.

Es por eso que un creciente coro de economistas le está advirtiendo al presidente Biden que reduzca sustancialmente sus propuestas keynesianas, porque les espanta pensar en los efectos inflacionarios que podrían provocar. Una inflación descontrolada afectaría las ganancias de los bancos, erosionando el valor de las deudas en su balanza de pagos, y golpearía también a los trabajadores al eliminar los recientes aumentos en la escala salarial.

Esta es la opinión de Larry Summers, el mencionado economista de Harvard, quien recientemente amonestó a la Reserva Federal, acusando al banco central de Estados Unidos de una “complacencia peligrosa” por permitir “presiones inflacionarias de un tipo que no hemos visto en una generación”. Sin embargo, lo que realmente le preocupa no es tanto la inflación en sí, sino el hecho de que la cura pueda ser peor que la enfermedad.

Ante la inflación galopante, advirtió el destacado economista demócrata, la Reserva Federal se vería obligada a llevar a cabo un aumento de las tasas de interés, con el fin de “enfriar” un poco a la economía restringiendo la oferta monetaria.

Pero como el sistema se ha vuelto adicto al crédito barato, un ajuste de ese tipo podría tener resultados muy negativos. Tanto hogares como naciones endeudadas se verían enfrentados a la bancarrota. Un gran número de compañías zombis serían enterradas para siempre. Y el dinero saldría corriendo de los mercados de valores hacia otros refugios seguros, haciendo que las burbujas financieras estallaran por doquier. 

Ocasionada en Estados Unidos, esta crisis pronto podría extenderse por el mundo entero. Después de todo, como dice el refrán: cuando Estados Unidos estornuda, al resto del mundo le da un resfrío. Un escenario tan caótico podría matar rápidamente cualquier recuperación incipiente, llevando a la economía estadounidense y la mundial a la recesión y empujando a millones al desempleo.

El dilema es éste: si no continúan inyectando dinero en el sistema, la recuperación podría estancarse, e incluso revertirse. Pero si continúan por este camino inflacionario, el precio a pagar podría ser realmente espantoso.

“Sí, existe cierto riesgo de que tengamos inestabilidad económica en el futuro”, comentó Kenneth Rogoff, otro influyente economista de Harvard, al comentar sobre el nuevo ‘New Deal’ de Biden, “pero ahora tenemos inestabilidad política” además de la incertidumbre económica. Después de haber abierto los grifos del dinero, los gobiernos ahora se dan cuenta de que no es tan fácil apagarlos. Después de todo, “quitar el tazón de ponche” en medio de la fiesta te deja con muchos borrachos enojados.

Por otro lado, todos los billones utilizados para apuntalar el sistema aparecen al otro lado del balance como una enorme montaña de deuda. La montaña de deuda total del mundo (pública, corporativa y familiar) ahora es de aproximadamente $281 billones de dólares (o más del 355 por ciento del PIB mundial), y ha aumentado aproximadamente por $24 billones como resultado de la pandemia. Según el FMI, mientras tanto, la deuda pública total en todo el mundo es equivalente a un sorprendente 100 por ciento del PIB mundial.

De una forma o de otra, estos proyectos de ley que está impulsando la administración Biden tendrán que pagarse: ya sea a través de la inflación con una posterior erosión de los salarios reales, si siguen aplicándose las políticas fiscales y monetarias laxas; o a través de la austeridad, a través de recortes a los servicios públicos y el aumento de los impuestos.

Los gobiernos de los países capitalistas avanzados, que tienen un mayor margen de maniobra cuando se trata del endeudamiento, hasta ahora han podido retrasar en gran medida el día del ajuste de cuentas. Pero tarde o temprano, este día del juicio llegará, como lo presagian los eventos explosivos en países como Colombia y otros lugares.

Hay que preguntarse: ¿estamos en un período similar al fin de la Segunda Guerra Mundial cuando hubo un repunte económico prolongado que permitió un aumento prolongado en los salarios y el bienestar común? 

¿O es la situación de hoy más parecida a la del fin de la Primera Guerra Mundial cuando la posguerra se caracterizó por estragos económicos y estrés? 

Un auge de la crisis económica

Hoy es posible aseverar categóricamente que no habrá nada similar al “boom” económico que ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial. No existen hoy en día las condiciones para el desarrollo a largo plazo del actual sistema económico.

El enorme auge económico que vimos después de la Segunda Guerra Mundial se basó en una confluencia de factores, entre ellos la destrucción de las fuerzas productivas durante la guerra que tuvieron que reemplazarse, allanando el camino para nuevas inversiones; la expansión masiva del comercio mundial, basada en la posición hegemónica de Estados Unidos; y la apertura de nuevos mercados. Del mismo modo, el período general de crecimiento que ocurrió en las décadas de 1980 y 90 fue posible gracias a la continua expansión del comercio global (la globalización), incluyendo la adhesión de China y Rusia al mercado mundial a través de la reintroducción del capitalismo en esos dos países tan extensos.

Pero ninguna de estas condiciones existe hoy en día. Lejos de una expansión del comercio mundial, vemos un aumento del proteccionismo, sanciones comerciales, tarifas punitivas de importación, etc. Y las vías que existen hoy para la inversión rentable—la fuerza motriz del crecimiento económico normal bajo el capitalismo—son muy escasas. Hoy la gente se queja de la escasez, pero el carácter general de esta época no es de escasez, sino de una crisis persistente de sobreproducción, que hoy constituye una de las vulnerabilidades más grandes de las economías de China y Japón, para dar un ejemplo.

Antes de la pandemia se podían ver los síntomas por todas partes: mercados saturados de materias primas; exceso de capacidad en las industrias en todos los ámbitos, desde la soya hasta el acero y los teléfonos celulares; precios deprimidos; especulación desenfrenada; y montañas de dinero ocioso en manos de las grandes empresas y los bancos. Pero en lugar de resolver esta contradicción, todas las medidas tomadas por los gobiernos de los países ricos en respuesta a la crisis del coronavirus han exacerbado la sobreproducción y la inestabilidad de este sistema.

El dinero fácil ha alimentado aún más la especulación en los mercados financieros y ha convertido a más y más empresas en empresas zombis. Aproximadamente una de cada cinco empresas estadounidenses que cotizan hoy en la bolsa de valores es una empresa zombi (que no es rentable y sólo puede mantenerse a flote gracias al crédito barato). Esto representa más de dos millones de empleos y $2 billones en deuda corporativa. Y a esto se suman los millones de trabajadores zombis en Europa, efectivamente desempleados pero que siguen en sus puestos de trabajo gracias a las garantías de empleo que existen en muchos de los países ricos. 

Cada gobierno utiliza la intervención monetaria estatal para proteger sus propios mercados y negocios, esencialmente tratando de exportar la crisis a otros lugares. Pero el impacto general de estas políticas de “empobrecer a tu vecino” sólo causan una contracción del mercado mundial, aumentando el exceso de capacidad en todos los sectores.

Todo esto sirve para mostrar los límites del keynesianismo; del financiamiento basado en el déficit presupuestario; de la intervención estatal y de los intentos de administrar una economía impulsada por las ganancias a toda costa. 

No puede uno confiar en las predicciones económicas

La pandemia ha tenido el efecto de intensificar la crisis de sobreproducción que comenzó en 2008, exacerbando aún más las contradicciones del sistema capitalista. Como resultado, estamos presenciando un cambio brusco en las políticas que están llevando a cabo las clases dominantes de los principales países imperialistas. La austeridad, la política económica de los últimos años, se ha puesto de lado por ahora. En las condiciones actuales hubiera sido económica y políticamente insostenible continuar con las políticas de austeridad.

De la noche a la mañana, los dueños de las grandes empresas han redescubierto el Estado y la utilidad de usar el gasto público para influenciar la economía. Fuertes cantidades de dinero público están apuntalando un sistema económico tambaleante. Mientras tanto, los llamados “expertos” económicos no sólo están desconcertados, sino que de verdad están a tientas en la oscuridad. 

La profundidad de la crisis significa que la ola de restricciones que al principio de la pandemia le daba a los gobiernos de los países ricos la apariencia de actuar racionalmente, ahora quedan al descubierto como lo que son realmente: trucos e ilusiones. Las “soluciones” que proponen son cada vez más absurdas. 

El plan de Biden

El masivo plan de gastos públicos de la administración Biden es el ejemplo más claro. Este es el primer intento en cuatro décadas de aplicar políticas económicas keynesianas a gran escala. Una cosa es que los bancos centrales usen palancas financieras y ríos de dinero fácil por medio de la flexibilización cuantitativa (Quantitative Easing), como hemos visto durante los últimos diez años. Otra cosa muy distinta es usar este dinero para darle a la clase trabajadora y a los pequeños negociantes algunas concesiones que no tienen gran peso, como es el caso del plan de Biden. Es claro que se trata de medidas transitorias que son absolutamente insostenibles a largo plazo. También es dudoso que el plan pueda realizarse plenamente, especialmente las partes del plan que aluden a una nebulosa “redistribución de la riqueza”, que el senador Demócrata Joe Manchin ha estado tratando de descarrilar.

Lula, quien será el probable candidato del Partido de los Trabajadores (PT) en las próximas elecciones presidenciales en Brasil, se valió de la hipérbole cuando se refirió al plan de Biden como una “ola de democracia para el mundo”. Los republicanos en Estados Unidos son más exagerados todavía, calificando el plan Biden como un “giro al socialismo”. El propio Biden presentó su propuesta como “el plan obrero” para reconstruir a Estados Unidos. Pero la realidad es completamente diferente.

Una cosa es implementar políticas keynesianas después de la Segunda Guerra Mundial, en condiciones de un auge sin precedentes. Otra cosa es emitir olas de dinero fácil ahora, cuando la deuda federal de Estados Unidos ha explotado a un nivel espeluznante. Durante sólo cuatro años de la presidencia de Trump, el déficit público de Estados Unidos aumentó en $7 billones, alcanzando un total de $ 21.6 billones, o sea más del 100% del PIB. En términos de la deuda pública, la economía de Estados Unidos está ahora en la misma situación que Grecia e Italia.

¿Ha vuelto la inflación?

Los economistas más serios están empezando a entenderlo. Michael Burry, quien en el 2007 predijo la llamada crisis de las hipotecas de alto riesgo (y que le sacó a la crisis ganancias millonarias), hoy afirma que se está gestando una ola “hiperinflacionaria al estilo más puro de Weimar”[iii]. Si bien Burry tiende a ser exagerado, es significativo que otros economistas estén pensando en la misma manera. En un informe reciente Michael Hartnett, estratega principal de inversiones para Bank of America, expresó su preocupación por “la dinámica del diluvio monetario que se da en Estados Unidos, el [des]equilibrio de las reservas del Tesoro, el plan federal de estímulo por la pandemia y las compras mensuales de la Fed” (citado por Business Insider Italia). Hartnett llegó a la misma conclusión que Burry, afirmando que lo que sucedió en ese momento en Alemania representa la “analogía más épica y extrema—aparte de la psicología del final de la guerra—de la creciente celeridad de la inflación, de los ahorros reprimidos, y de la pérdida de confianza en la moneda y en las autoridades”.

Para evitar la propagación de pánico en el mercado, la secretaria del Tesoro de Biden, Janet Yellen, intentó minimizar el problema a principios de mayo: “Puede ser que las tasas de interés tengan que subir un poco para asegurarse de que nuestra economía no se sobrecaliente”. Sin embargo, se contradijo a sí misma unas horas más tarde al afirmar que no ve “ningún problema de inflación”.

Otros analistas económicos trataron de salir en defensa de Yellen. Pero el debate pronto adquirió un matiz de angustiante, a la luz de los crecientes índices de inflación en Estados Unidos en marzo, abril y mayo (+2,6%, +4,2% y +5% respectivamente), que se ven reflejados en todos los indicadores internacionales (sobre todo en Alemania).

De hecho, la FED pronto cambió su postura sobre la inflación. La idea de mantener la inflación por debajo del 2%—su mantra durante muchos años—fue abandonada y reemplazada por la idea de “tolerarla un poco por encima” de esta cifra. Al mismo tiempo Powell (el jefe de la FED), parecía estar comprometido a mantener bajas las tasas de interés y continuar comprando “bonos basura” por un monto de $120 mil millones de dólares al mes. Esto le dio un impulso adicional a la inflación, con un riesgo muy grave de que la FED solamente pudiera reaccionar a los aumentos de los precios cuando la situación quedara fuera de control.

El plan de Biden, que consistía en 2 billones de dólares de apoyo económico contra los confinamientos por la pandemia, 2.2 billones de dólares para la infraestructura y 1.8 billones de dólares para las familias de los 150 millones de personas empleadas en Estados Unidos, pondría 6 billones de dólares adicionales en circulación. Se trata de cifras siete veces superiores al plan de recuperación propuesto por la Unión Europea. Todo esto empeorará al desencadenarse la “demanda reprimida” causada por los confinamientos debidos al COVID-19.

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Tradicionalmente pésimos ahorradores, los trabajadores en Estados Unidos han acumulado $1.8 billones en el último año debido a las restricciones del COVID-19. Al irse levantando las restricciones de confinamiento, el estímulo en la demanda podría ser de hasta $8 billones de dólares que serán inyectados a la economía. En Europa ocurre un fenómeno similar.

Estas contradicciones son parcialmente responsables por la tendencia hacia la centralización del poder de ministros y presidentes en los Estados capitalistas. The Economist explica que “durante la pandemia la relación entre los bancos centrales y los ministerios de finanzas se hizo particularmente estrecha”, y que la independencia de los bancos centrales ha decaído en muchas partes del mundo. Los aparatos estatales cerraron filas, centralizaron la toma de decisiones e implementaron políticas económicas con más planificación, como ha sucedido históricamente en todas las coyunturas críticas desde que apareció el capitalismo.

Estos fenómenos relativamente nuevos se ven agravados por otros a largo plazo. En los últimos años muchos se han preguntado por qué las políticas de dinero fácil que aumentaron enormemente la oferta monetaria no causaron mucha inflación. La respuesta es que ocurrieron simultáneamente varios factores “compensatorios” que operaron en la dirección opuesta. Entre los factores que en el pasado han creado una tendencia hacia la disminución en los precios de muchas mercancías, hemos visto—además de un crecimiento robusto del comercio mundial—la aparición de nuevas tecnologías (el Internet, la cibernética, la inteligencia artificial, etc.) y un aumento en la explotación de mano de obra barata en países del llamado “Tercer Mundo”. Sin embargo, después de haber desempeñado un papel importante durante tres décadas, la eficacia de estos mecanismos se ha agotado en el período más reciente. La introducción de nuevas tecnologías que ha permitido una reducción importante en los costos de producción ha alcanzado su punto de saturación. El aumento constante de salarios que ha ocurrido recientemente en países como Brasil, China o Turquía ha causado a una situación en la que muchos trabajadores en Sao Paulo, Brasil, o en Guangdong, China, reciben un salario comparable al de los trabajadores en las plantas de Fiat en el sur de Italia, o de los trabajadores en Grecia, Portugal o España.

En cualquier caso, la política económica de “dinero fácil” que apareció tras la crisis del 2008 se basó en una expansión del crédito acoplada a un régimen de austeridad, y tuvo un carácter muy diferente a las políticas que se están llevando a cabo en la actualidad. La vieja política se orientaba principalmente hacia el ahorro de capital. El dinero fácil ayudó a recapitalizar a los bancos, las compañías de seguros y las empresas que estaban al borde de la bancarrota. Por otro lado, el crédito fácil también facilitó la especulación bursátil e inmobiliaria. Pero lo más importante es que no hubo un crecimiento significativo en la base general del consumo.

Básicamente la expansión del crédito encontró su expresión en una especie de “inflación en el mercado de valores”. Es decir, hubo un crecimiento anormal de burbujas especulativas con valores bursátiles e inmobiliarios que se divorciaron completamente de la economía real. Pero los precios al consumidor no se vieron muy afectados, y se mantuvieron bajos debido a la recesión y la austeridad.

Hoy la situación ha cambiado. El efecto combinado de todas estas nuevas tendencias ha llevado a un aumento récord de la inflación, y se plantean una serie de preguntas extremadamente importantes: ¿Qué va a pasar cuando la inflación supere los rendimientos de los bonos del gobierno? ¿Qué va a pasar si los bancos centrales suben las tasas de interés y dejan de comprar los “bonos basura” para proteger el mercado?

Esta discusión comenzó el 23 de marzo de 2020, cuando los mercados dejaron de preocuparse por la deflación y se dieron cuenta de que la inflación era un peligro real. Ese día, la FED prometió un estímulo monetario ilimitado tanto para los consumidores como para las empresas, y el dólar comenzó a caer.

Deudas en todos los niveles

El problema de los préstamos incobrables está explotando nuevamente. Aunque había retrocedido parcialmente en el período entre el 2015 y el 2019, ahora está cobrando fuerza, no sólo en Estados Unidos sino también en Europa. Estamos entrando en un nuevo período de contracción del crédito en un momento en que algunos bancos internacionales están peligrosamente endeudados, entre ellos Deutsche Bank, Société Generale, Credit Agricole, y ni hablar de los bancos italianos que, al menos en la UE, se encuentran en las peores condiciones.

Hoy los bancos comerciales de todo el mundo están muy endeudados. Si ocurre otra crisis del sistema bancario va a ser mucho más grave que la crisis de Lehman Brothers en el 2008. Podría resultar en una crisis más profunda de activos financieros. A su vez, esto llevaría a una creciente devaluación del poder adquisitivo del dólar, cuya estabilidad está estrechamente ligada a la confianza del mercado en que el déficit presupuestario de Estados Unidos siga siendo financiado robustamente. Además, el futuro del dólar va a ser el factor determinante en el futuro de todas las monedas que están vinculadas a esta moneda de intercambio. En Europa se habla de financiar proyectos de infraestructura, de apoyar la energía renovable y la economía verde a gran escala, Y se habla también de imprimir dinero y transferirlo directamente a las cuentas bancarias de los ciudadanos, como lo ha hecho Biden.

Esto llevaría las ideas Keynes a un punto absurdo. El keynesianismo presupone que el Estado acumularía deuda mediante la emisión de bonos. Lo que se está discutiendo hoy es un salto cualitativo: es decir, seguir a ciegas los lineamientos descabellados de la “teoría monetaria moderna” (TMM): apuntalar la economía moderna con la impresión ilimitada de dinero.

Estas políticas tienen, sin embargo, cierta lógica. Un aumento de la inflación y de los precios causa una devaluación de la deuda pública. La inflación fue una poderosa palanca para revirtir los logros salariales de los trabajadores en las décadas de 1970 y 1980, por ejemplo, y sigue siendo una herramienta en manos de los gobiernos capitalistas.

La revista semanal The Economist dedicó una portada al tema, explicando que los gobiernos y los bancos centrales son cada vez más tolerantes de la inflación. La realidad es que están empezando a pensar en la inflación como la clave para resolver sus problemas más intractables.

Vale la pena pensar en la lógica de la TMM, una teoría que tiene acérrimos partidarios en Estados Unidos y otros países. Stephanie Kelton, una de las principales exponentes de esta teoría y ex asesora económica de Bernie Sanders, ahora ocupa el cargo de economista en jefe de la minoría demócrata en el Comité del Presupuesto en el Senado de Estados Unidos, y  de hecho es jefa del grupo de trabajo sobre la economía de Biden.

La TMM ejerce una fuerte atracción sobre los reformistas de todo el mundo. Ofrece el espejismo de apoyo teórico a la idea de implementar políticas de gasto fiscal financiadas por la emisión de dinero por los bancos centrales. Además, promueve la idea de que las deudas públicas pueden abordarse mediante la implementación de políticas de mayor gasto público en proyectos de infraestructura, creación de empleos, impulso a la industria, y un aumento a los impuestos de las grandes empresas y sus dueños.

Sin embargo, el dinero no puede concebirse sin una base material en el intercambio de bienes y la producción en general. Los gobiernos y los bancos centrales no pueden eludir una crisis de sobreproducción aumentando la oferta monetaria. En realidad, el crédito bancario no ha aumentado y tampoco lo ha hecho el PIB real de muchas economías. El Estado puede validar la forma común de su moneda, pero no puede generar dinero de la nada.

Cuando la capacidad para saldar las deudas de un Estado se pone seriamente en duda, el valor de su moneda nacional puede derrumbarse, y la demanda se desplaza a los bienes verdaderos y no ficticios, como el oro. Es por eso que el precio del oro se ha disparado en los últimos años.

El hecho de que una teoría completamente irracional como la TMM esté en la posición de determinar las opciones económicas de la principal potencia económica del mundo demuestra la profundidad la crisis. A modo de ejemplo, podemos también aludir al capitalismo de Estado en China, que le permite al gobierno de Beijing apoyar a sus empresas (tanto públicas como privadas) con todos los medios a su alcance. Esta es la ahora tendencia determinante del capitalismo en todo el mundo, y será el laboratorio donde podrán evaluarse los conflictos sociales que se avecinan.

En este contexto la inflación, en lugar de solucionar las contradicciones económicas, tendrá el efecto de estimularlas aún más.

Recuadro 1

¡Ahora todos somos keynesianos!

Diciembre del 2021

“¡Ahora todos somos keynesianos!” pronunció el presidente Richard Nixon en 1971, cuando su gobierno intervino para rescatar la economía estadounidense.

El desempleo y la inflación estaban en aumento, algo que los principales modelos económicos dijeron que no podía suceder. La fortaleza y la estabilidad del dólar estaban siendo cuestionadas, y el sistema de Bretton Woods que había apuntalado el auge de la posguerra y la hegemonía estadounidense estaba al borde del colapso.

En realidad, la cita es probablemente apócrifa, pero demuestra que frente a una crisis económica todos los recursos del Estado van a movilizarse para apuntalar al sistema capitalista. Ahora, para evitar una implosión financiera, la historia se repite con la crisis del coronavirus.

En total, para septiembre de 2021, se habían lanzado más de $ 16.5 billones en apoyo estatal a la economía mundial en el transcurso de la pandemia. Y en Estados Unidos, el presidente Biden está presionando por que se inyecten $4.5 billones en gastos adicionales a la economía, además del paquete de estímulo de $1.9 billones ya promulgado en marzo de este año, sin mencionar los billones ya entregados por la administración Trump en forma de cheques a los hogares y fondos de emergencia a las empresas del país.

El Estado interviniendo para gestionar el capitalismo; gobiernos que piden prestado y gastan fortunas para salvar el sistema: este es el legado del economista John Maynard Keynes por el que siempre será recordado.

Recuadro 2

Sube el rendimiento de los bonos estadounidenses a 10 años

Diciembre del 2021

El rendimiento de los bonos del Tesoro de Estados Unidos a 10 años extendió sus ganancias a 1.46%, después de que la Reserva Federal de Estados Unidos dijo que en marzo del 2022 pondría fin a la compra de bonos que realizó durante la pandemia, y se predicen tres alzas a las tasas de interés antes del fin del 2022. Las autoridades expresaron su preocupación por el aumento de la inflación en medio de robustas ganancias en la actividad económica en Wall Street y el mercado laboral, pero señalaron que los riesgos para las perspectivas de crecimiento persisten, en particular debido a la variante del coronavirus Omicron.

Recuadro 3

El Mercado de Valores de Estados Unidos borra pérdidas tras decisión de la FED

Diciembre del 2021

Los índices bursátiles estadounidenses borraron pérdidas iniciales después de que la Reserva Federal negara que habría cambios drásticos en su política monetaria. Como se esperaba, las autoridades anunciaron que acelerarán el final de sus compras de bonos ocasionadas por la pandemia e intimaron que podrían darse tres aumentos en las tasas de interés para fines de 2022, expresando su preocupación por la inflación persistentemente alta en un contexto de recuperación en el mercado laboral. Minutos después de la decisión, el Dow Jones recuperó 100 puntos que había perdido recientemente, el S&P 500 subió alrededor de un 0.3%, mientras que el Nasdaq Composite subió un 0.1%. Los datos más recientes muestran que las ventas minoristas en Estados Unidos aumentaron modestamente en noviembre, ya que el gasto por los consumidores se vio frenado debido al aumento de los precios. Los precios de importación y exportación continuaron aumentando.


[i] Hay indicios de que la administración del presidente Trump buscó desde un comienzo un acuerdo favorable con los países Árabes productores de petróleo para respaldar el crecimiento de la economía de Estados Unidos. Los países Árabes que a su vez favorecían la política del presidente Trump aumentaron la producción, inundando el mercado mundial y causando una fuerte baja en el precio del “oro negro”, el combustible imprescindible en la actual economía mundial. Cuando el presidente Biden ganó las elecciones en Estados Unidos, los grandes productores de petróleo apagaron las llaves, causando un aumento en el precio del combustible y empezando a despejar las reservas acumuladas.

[ii] La Gran Recesión que comenzó en el año 2008 dio inicio a una de las expansiones más duraderas en le economía de Estados Unidos, aunque fue generalmente una expansión más débil que las expansiones anteriores.

[iii] Se le da el nombre de República de Weimar al gobierno alemán de 1919 a 1933 porque la asamblea que adoptó su constitución se reunió en Weimar, Alemania, en 1919. La razón más importante del fracaso de la República de Weimar fue el colapso económico de 1929, que desató una tasa exorbitante de inflación en Alemania. En 1932, dos quintas partes de la fuerza laboral en Alemania, alrededor de seis millones de personas, se quedaron sin trabajo. 

Hay indicios de que la administración del presidente Trump buscó desde un comienzo un acuerdo favorable con los países Árabes productores de petróleo para respaldar el crecimiento de la economía de Estados Unidos. Los países Árabes que a su vez favorecían la política del presidente Trump aumentaron la producción, inundando el mercado mundial y causando una fuerte baja en el precio del “oro negro”, el combustible imprescindible en la actual economía mundial. Cuando el presidente Biden ganó las elecciones en Estados Unidos, los grandes productores de petróleo apagaron las llaves, causando un aumento en el precio del combustible y empezando a despejar las reservas acumuladas.

[1] La Gran Recesión que comenzó en el año 2008 dio inicio a una de las expansiones más duraderas en le economía de Estados Unidos, aunque fue generalmente una expansión más débil que las expansiones anteriores.[1] Se le da el nombre de República de Weimar al gobierno alemán de 1919 a 1933 porque la asamblea que adoptó su constitución se reunió en Weimar, Alemania, en 1919. La razón más importante del fracaso de la República de Weimar fue el colapso económico de 1929, que desató una tasa exorbitante de inflación en Alemania. En 1932, dos quintas partes de la fuerza laboral en Alemania, alrededor de seis millones de personas, se quedaron sin trabajo. 

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