Uno siempre quisiera estar en todas las ferias taurinas importantes de la temporada española. Llámese Valencia, Sevilla, Pamplona, Bilbao, entre otras. Incluso también uno quisiera tachar de su bucket list taurino las icónicas corridas del Puerto de Santa María y Ronda. Sin embargo, como el trabajo, el tiempo y por supuesto los recursos sólo permiten escoger alguna fecha, siempre se tiene que tomar la mejor decisión, y para el aficionado taurino de corazón, esa decisión se llama Las Ventas de Madrid, la plaza de toros más importante del mundo, la meca, la catedral, la que da y quita y la que durante un mes entero entre mayo y junio es el epicentro mundial del toreo y tiene todas las miradas puestas en ella.
Se habla de que este año fue uno de los peores San Isidros de la historia, y puede ser. Aunque siempre hay que rescatar lo bueno y esta vez habría que quedarnos con la gente. La mitad de las tardes se registraron llenos de “no hay billetes” y el resto no agotaron el papel pero se vieron excelentes entradas. Mucha gente interesada en asistir a la plaza, los viejos lobos de mar, los abonados, los de siempre, los ocasionales, los que van a ver, los que van a que los vean, el público y la afición. Pero el más importante de los últimos años viene siendo la juventud. Sea por lo que sea.
Que si torea el que está de moda, si van a ligar, si van a la fiesta de después, si lo utilizan de pre copeo, da igual. Lo importante es que las plazas de toros se están llenando de jóvenes y por alguna u otra razón se empiezan a meter en el mundo de la tauromaquia. Se empiezan a interesar en ello y eso no tiene otra cosa más que positivismo. Ese positivismo que necesita nuestra fiesta ante tiempos de amenaza por parte de animalistas, políticos, prohibicionistas y demás gente que atenta contra la libertad de quien tiene gustos diferentes a ellos y además pagan por un espectáculo del que puede salir bien o puede salir mal, pero que a algunos cuantos nos hace viajar diez mil kilómetros cada año para disfrutar de ese ambiente que es inigualable.
Buen San Isidro, mal San Isidro, ¿el peor de la historia? Eso no importa. Lo que importa, como en la mayoría de las cosas en la vida, es estar, porque son esas ocasiones de cuando menos te lo esperas que la vida te sorprende y en menos de lo que piensas te puedes topar algún día con el mejor San Isidro de la historia, aunque para mí, rodeado de toda esa gente que tanto cariño le tienes y que ves año con año en Las Ventas de Madrid, el mejor San Isidro siempre va a ser en el que tienes la oportunidad de estar.
Desayunar en César, sorteo y apartado, la tertulia del Toril en Onda Madrid, aperitivo de grupo Brindis en el patio de caballos, comida en el Puerta Grande, los Timbales o Donde Leo, previa en la Tienta o el Ruedo, la corrida, las terrazas o el bajo del nueve, otra vez a Cesar, la Tienta o el Ruedo. Toni 2. Repetir. Y ojalá repetir todos los años…








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