Era domingo 7 de enero, la plaza de toros más grande del mundo, la monumental de México, atestiguaba uno de los carteles “flojos” de la temporada.
En el cartel, Rodolfo Rodríguez “El Pana”, Serafín Marín y Rafael Rivera. Cartel poco llamativo, pero las corridas, dicen por ahí, hay que verlas todas. Y ese día, muchos comprendimos porqué.
¿Cómo es posible ver en un cartel de una de las temporadas más importantes del orbe taurino a un hombre que estaba por cumplir los 55 años, de físico y traje de luces desgastados, coleta larga, canosa y natural, y subido en una calandria camino de la plaza México?
Pues eso era, la despedida de “El Pana”, la última corrida de su vida. Lo que no sabíamos era lo que iba suceder después, que lejos de ser el ultimo adiós de un veterano matador de toros mexicano, seria el renacimiento de la carrera del mismo, y que nos regalaría una de las tardes más importantes en los últimos 15 años de La Plaza de Toros México.
Dieron las 4:30 de la tarde y en el patio de cuadrillas volaron los confetis y las serpentinas, como en cada despedida de algún torero que fue querido en esta importante plaza de toros.
A medio paseíllo, tabaco en mano, el pana se frenaba para contemplar por última vez el paso de su cuadrilla detrás de él. Saludaba a los tendidos y recibía ya diversas ovaciones.
Fue entonces cuando “Rey Mago”, de Garfias, salió por la puerta de toriles. Importante toro que el sorteo (¿ó destino?) eligió para él. Y El Pana, ni lento ni perezoso, se fue a los micrófonos de la televisión para hacer uno de los mejores brindis que se han escuchado en la historia del toreo; a las prostitutas, quienes le habían dado cuidado y cobijo durante sus peores años en los que, lejos de torear, su vida estaba marcada por el alcoholismo y demás excesos.
Fue a la mitad de la faena, después de una larga tanda de derechazos, que después de desahogar la embestida por bajo del toro de Garfias, nos regaló el mejor trincherazo que los ojos del aficionado contemporáneo hayan visto hasta el día de hoy. Uno de esos momentos que se quedan grabados en la retina para siempre.
Con este pase y esta faena, vinieron nuevos contratos y el pana siguió su carrera 9 años más hasta morir a causa de la embestida de un toro que le causo la muerte días después.
Ese fue “El Pana”, a quien su tierra le erigió una monumento y cambió el nombre de su plaza de toros en Apizaco, Tlaxcala, en honor a él.
Ese hombre sin complejos, con personalidad, de ser como se es, carisma, carácter y temperamentos propios, romanticismo y verdad. Ese fue, ha sido y será, Rodolfo Rodríguez “El Pana”.










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