Neuropolítica | La pasarela de Dorian Gray

Por David Uriarte

Alternativo.mx / Con la idea generalizada de que “forma es fondo”, los políticos y los aspirantes a políticos buscan el consejo de los especialistas en imagen, sin embargo, la política no es la farándula.

En psiquiatría, el síndrome de Dorian Gray se refiere a la preocupación excesiva de los individuos por su apariencia física y el miedo extremo a sufrir alguna deformidad; a esto se le llama dismorfofobia.

Al no aceptar el envejecimiento, buscan retrasarlo usando cosméticos o procedimientos quirúrgicos para preservar la apariencia juvenil; tienen rasgos de personalidad narcisista, y una fijación en el desarrollo psicosexual. En fin, son personas cuya superficialidad es más importante que las cuestiones de fondo, pero su dogma de que “forma es fondo” los mantiene priorizando su imagen.

El ideólogo Jesús Reyes Heroles nunca imaginó que su frase podría terminar atizando la patología psicológica, y mucho menos imaginó los escenarios políticos convertidos en la pasarela de Dorian Gray.

Los requisitos para ser boxeador no consisten en ser peleonero, sino en tener condición física. Asimismo, los requisitos para ocupar un puesto de elección popular no consisten en una dentadura inmaculada, una aplicación masiva de botox, un estiramiento facial o una sonrisa artística; el principal requisito es la inteligencia emocional e intelectual.

Por supuesto que no está peleada una cosa con la otra, es decir, si además de tener inteligencia emocional e intelectual, los candidatos y las candidatas a cualquier puesto político cuidan su imagen, primero por salud y después por vanidad, no pasa nada, el problema estriba en invertir la ecuación y privilegiar la banalidad de la foto, el video o el espectacular, por las propuestas que pueden ser el puente entre los escépticos y la confianza que ofrece el candidato para inducir la intención de voto.

Inspirarse en el liderazgo natural de los grandes ideólogos es diferente a inspirarse en el maquillaje de Dorian Gray. Es mejor la arruga en la cara o unos kilos demás en el abdomen de un intelectual, que la sonrisa seductora de un narciso cuya inteligencia sólo le alcanza para la selfie o el desfile por la pasarela de Dorian Gray.

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