Neuropolítico | El síndrome de Estocolmo político

Por David Uriarte

Alternativo.mx / A veces el candidato no se da cuenta que habla de la soga en la casa del ahorcado, es decir habla de inversiones, dinero, macroeconomía y satisfactores en la comunidad que tiene poco o no tiene nada.

Muchos políticos inducen el síndrome de Estocolmo, una condición donde la víctima se enamora del victimario.

Esta condición psicológica se relaciona con las víctimas de secuestro que desarrollan una complicidad y un vínculo afectivo derivado del “buen trato” de su captor.

De la misma manera, la población secuestrada por la pobreza, la corrupción y la inseguridad, llega a sentirse amiga e incluso sentir cierto grado de “cariño” por los personajes constructores de su desgracia.

La seducción del candidato al tocar un niño, tomarse una foto con la multitud que lo aclama, compartir los platillos típicos y favoritos de la región, escuchar a los líderes formales y morales, tiene un efecto psicológico en los buscadores del “mesías” que los habrá de librar del pecado llamado pobreza.

En el síndrome de Estocolmo, las víctimas llegan a fantasear con la idea de ser privilegiadas con la experiencia traumática. Así, los votantes pueden llegar a creer que la suerte los favorece con su candidato, que no pudo haber otra opción mejor, y creer incluso que otros quisieran tener la misma suerte que ellos.

La indefensión aprendida, de la que hablaba el psicólogo Martin Seligman, se refiere a la condición del ser humana que se comporta de manera pasiva, con la sensación subjetiva de no poder hacer nada y no responder a pesar de que existen oportunidades reales de cambiar la situación de opresión actual.

La primera fase del síndrome de Estocolmo político consiste en secuestrar la atención y mantener al votante como rehén de las promesas de campaña. La segunda fase se da después de las elecciones, cuando el político ocupa el lugar que buscaba a través del voto ciudadano, y a pesar de no cumplir con las expectativas de los votantes, estos le siguen creyendo y le guardan una fidelidad enfermiza, que basta una mirada o una sonrisa para caer cautivados, cual mujer engañada que prefiere eso, que la ausencia de su amado.

 

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