Neuropolítica | A las cosas por su nombre

Por David Uriarte

A veces cuesta hacer descripciones sin juicio.

Miguel Ángel Amador Rodríguez, la carta fuerte del Comité Directivo Municipal del PRI, amalgama una serie de retos que se pueden resumir en dos: marcar la diferencia entre sus antecesores y conservar el gobierno municipal en manos de su partido.

Ambas tareas son un reto, aunque la primera no tanto, yo pregunto: ¿Quién conoce o recuerda el nombre y la obra de los presidentes del PRI del municipio de Culiacán? Sin embargo, la prueba al desempeño político de Miguel Amador será mantener al PRI siendo gobierno.

Quien conoce a Miguel, puede certificar su calidad humana, su Don de Gentes, su convicción partidista, su vocación de servicio, su compromiso social, su fogueo en las esferas federales, y su sed de autorrealización.

Las simpatías partidistas se miden en las urnas, y las facturas del resentimiento social son pagaderas el mismo día de la elección, ante esto, desde la responsabilidad que honra Miguel en los dichos, en los hechos se medirá la estatura política que lo perfilará para el siguiente cargo.

Todo indica que la obsesión que taladra la mente del Presidente del PRI municipal en Culiacán es la planeación. Las rutas maratónicas requieren de planeación, dosificación de los esfuerzos y medición constante de tiempos y resultados.

Entre el confort del aire acondicionado de la oficina y la incomodidad del clima caluroso en las colonias y sindicaturas de Culiacán, Miguel ha optado por lo segundo (dicho por él); afirma que solo así, “sudando la camiseta”, se construye el andamiaje que acerca la oferta política al electorado.

Un buen equipo de trabajo, un plan estratégico técnicamente revisado, un soporte político de las estructuras estatales y una evaluación constante de la ruta crítica previa a la próxima contienda electoral, es el manual de acción que trae en la bolsa Miguel Amador.

Confianza es la variable que puede debilitar a cualquier estratega. No basta con la razón, no son suficientes los números, mucho menos las buenas intenciones; solo en el diccionario está primero la “E” de éxito, que la “T” de trabajo.

 

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