¿Qué le falta a Donald Trump?

Alternativo.mx/ Las opiniones de expertos, pitonisas, analistas e intelectuales de la política, en algún momento coinciden y tocan un terreno común; la prudencia. Platón, filósofo griego seguidor de Sócrates describe las cuatro virtudes cardinales. Prudencia, justicia, templanza y fortaleza.
     Según Platón, la prudencia se cultiva desde la razón, la justicia desde la armonía de todas las virtudes, la templanza desde la lucha entre la razón y los deseos y la fortaleza desde el ejercicio de las emociones sanas. La filosofía acepta que la reina de las virtudes es la prudencia, entendiendo por virtud esa disposición habitual para hacer el bien.
       Una persona rica, millonaria, emprendedora, política, poderosa, o dirigente de empresas públicas o privadas, sin prudencia, está condenada al repudio, al señalamiento ácido de la sociedad y al derrumbe de su prestigio, su nombre y su estirpe. Si todo quedara en desprestigio, señalamientos y desprecio, sería una cuota barata para el imprudente, sin embargo, cuando la prudencia está ausente, el narcisismo propio de la persona se ve raído y expulsa por la herida su ego.
      Donald Trump es evaluado desde su responsabilidad política, desde los dichos, hechos, actitudes, y prácticas lesivas a un tejido social que anida odio, rencor, frustración, sufrimiento y malestar. La imprudencia vista desde la neurociencia corresponde a un trastorno del control de los impulsos, a una lesión o disfunción del área del cerebro que se encarga de las funciones ejecutivas como la flexibilidad cognitiva, razonamiento, formación de conceptos, resolución de problemas, control de espera, control de los impulsos y regulación emocional.
      Como se aprecia, la prudencia más que virtud termina siendo un indicador de salud mental, no confundamos la capacidad para hacer negocios y la empatía, la habilidad y destreza financiera con la regulación emocional, en fin, tener fama y fortuna no es garantía de salud mental, mucho menos de comportamiento político funcional. La factura o el precio que se paga por confundir brillo con oro, es igual a creer que la bata blanca e impecable del médico es la que cura la dolencia del enfermo. Prudencia es la clave para Trump, pero no se vende.

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